Ser negro en Brasil: el asesinato de João Alberto S…

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Desde Río de Janeiro.En los últimos días, en medio a la tensión permanente en la política, con el desempleo rompiendo absolutamente todas las marcas históricas y la retomada de los efectos mortales del coronavirus (el pasado viernes tanto en Rio como en San Pablo la red pública estaba al borde del colapso, y la privada se acercaba al mismo cuadro), Brasil se vio cara a cara con un tema que suele ser negado por sus élites y el conservadurismo: el racismo estructural que impera en la sociedad.

El debate fue retomado a raíz del brutal asesinato de João Alberto Silveira Freitas (foto), un negro de 40 años, por dos custodios (uno de ellos integrante de la Policía Militar) en un supermercado de la cadena Carrefour, en Porto Alegre, extremo sur del país.

Las imágenes grabadas mientras Silveira Freitas era golpeado y sofocado impactaron al planeta entero. Primero, por la brutalidad. Y segundo, por tratarse de una cadena comercial esparcida por un sinfín de países y que, en Brasil, tiene varios antecedentes de violencia contra clientes negros.

Hay una palpable hipocresía en la imagen de que Brasil es un país cuya población formada por una mezcla de orígenes vive en serena harmonía.

Es cierto lo de la formidable mezcla de orígenes que formó la sociedad brasileña. Los brasileños descienden de europeos y africanos, de árabes y japoneses, de europeos y asiáticos.

La colonia de descendientes de japoneses que vive en la provincia de San Pablo, por ejemplo, formaría la segunda ciudad más poblada de Japón.

Pero hay un segmento de la población que padece de manera nítida todos los males del racismo estructural: el integrado por los brasileños negros o mestizos.

En 1888, Brasil fue sido el último país del continente americano a abolir la esclavitud, y uno de los últimos del mundo. Los efectos de ese larguísimo periodo de perversidad siguen flotando en el aire.

Actualmente, los descendientes de esclavos son mayoría de la población: de los 212 millones de habitantes del país, al menos 54 por ciento son negros o mestizos.

Son también los que más mueren victimados por tiros: 74 por ciento de las muertes violentas en Brasil son de negros y mestizos.

Más segregación: la renta familiar de blancos y blancas es casi el doble de las familias negras.

La brutalidad ilimitada de la acción que asesinó a Silveira Freitas trajo otra vez a flote no solo movilizaciones de protesta por parte de movimientos que reivindican derechos a la comunidad formada por afro-descendientes, sino también dio peso y espacio a denuncias alrededor del mundo, desde Michelle Bachelet, Alta Comisaria de la ONU por los Derechos Humanos, hasta figuras de relieve en la política, las artes y el deporte, además, claro, de movimientos sociales de los más lejanos rincones del mundo.

Lo más terrible es saber que, lejos de las cámaras de un Carrefour, imágenes idénticas o muy semejantes se repiten a cada día en las favelas y en los suburbios miserables de todo el país.

Los datos muestran que cada 23 minutos un negro muere de forma violenta en Brasil.

Las posibilidades de que un adolescente blanco sufra en manos de policiales lo que padece un adolescente negro es una en cinco. O sea: 80 por ciento de la violencia tiene una dirección establecida de antemano. ¿Cómo negar tal cuadro?

Sin embargo, y como era previsible, tanto el ultraderechista presidente Jair Bolsonaro como su vice, el general retirado Hamilton Mourão, rechazaron las denuncias de racismo.

El autor del texto leído a tropezones por Bolsonaro intentó ser creativo: “Soy daltónico”, leyó el mandatario, para decir que no hace distinción de color.

Ya Mourão, un retrato clarísimo del mestizaje brasileño, aseguró que “racismo es algo que existe en Estados Unidos. Aquí, no”.

De ser así, ¿cómo explicar que en un reportaje, al declararse “hijo de indio”, en seguida mencionó a uno de sus nietos de piel clara, a quien describió como “una mejora de la raza”?

El doble intento de rechazar lo obvio, tanto por el presidente como por su vice, no hace más que reforzar algo muy concreto: negar que exista racismo en un país racista, además de ser una estupidez, fortalece exactamente la segregación instalada en la estructura de la sociedad.

Lo terrible es que ellos dos repiten lo que dicen millones de brasileños, protegidos por esa negación mentirosa de su propio racismo.

¿Hasta cuándo?

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