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La política no es lo único que separa al presidente Alberto Fernández de su antecesor en el cargo, Mauricio Macri. Del 9 al 10 de diciembre, el funcionamiento de la Casa Rosada cambió de manera drástica.

Los pasillos se volvieron más ruidosos, sobre todo en los primeros días de euforia. El miércoles 11, el grito de “Alberto Presidente” envolvió el segundo piso de la Rosada. Decenas de empleados de planta permanente vitoreaban en la puerta del comedor a Fernández, que caminaba junto a Santiago Cafiero. Hubo una larga sesión de selfies.

Fernández acababa de salir de una oficina sin que nadie pudiera explicarle por qué estaban apilados en el piso cuadros históricos que antes colgaban en los salones de la Rosada. Algunos de esos salones -como el de Mujeres- se convirtieron en modernas oficinas durante la presidencia de Macri. En la anterior administración solían repetir que -en contraposición con el estilo “sobrecargado del kirchnerismo”- “a veces las paredes son nada más que paredes”.

En sus primeras horas en el ejercicio de la presidencia, Fernández señaló a los periodistas acreditados que en su despacho había encontrado “todo muy bien”. Enseguida, el mandatario deslizó una ironía. “No sé si el (ex) Presidente venía a trabajar ahí, porque el aire no funciona y es insufrible”, dijo entre risas.

Con cara mucho más seria, Fernández recorrió esta semana junto al subsecretario general de Presidencia, Miguel Cuberos, el avance de las obras que Macri empezó en 2016 y que todavía están en ejecución. En el entorno presidencial aseguran que está molesto con el estado del Palacio, entre los andamios y el polvo. Causa indignación en la nueva administración la rotura de una escalera de mármol de carrera para colocar un nuevo ascensor.   

Fernández y el secretario general de Presidencia Julio Vitobello recalculan. En breve, quitarán las paredes de la nueva y más pequeña sala de conferencias que se reinauguró meses atrás en el segundo piso. Pretenden ampliarla. Cuando llegue el momento, Fernández -a diferencia de Macri- no dará conferencias de prensa en el Salón Blanco, que reservará solo para actos protocolares.

Más que el espacio en Balcarce 50 lo que más se cambió fueron los tiempos. Los días en la Rosada son más largos que hace algunas semanas. La actividad empieza más tarde, pero se extiende hasta bien entrada la noche. Macri solía volver a Olivos no más tarde que las 18.30. En su primera semana, Fernández se retiró casi siempre después de las 21. La jornada más extensa fue el viernes 13. Se fue a las 22.48, tras firmar el DNU para reinstalar la doble indemnización y actualizar las retenciones.

Esa rutina obligó a reinstalar el turno vespertino de varios trabajadores de Balcarce 50. Los más complicados son los que, por sus tareas, deben saber cuál será la agenda oficial. Con Macri, se publicaba a primera hora de la mañana. Con Fernández, todo es “minuto a minuto”, como dicen sus colaboradores más cercanos. Macri, después de tropezones, empezó a informar cada uno de sus movimientos. Su sucesor, por ahora, salió varios mediodías sin que se conociera su destino. 

La dinámica de trabajo también es distinta. Los miércoles y los viernes Macri no pisaba la Rosada; trabajaba desde Olivos. Cerca del fin de semana; la Casa era un páramo. Fernández concentra su actividad en la sede natural del Ejecutivo. Las reuniones de Gabinete, que Macri presidía dos veces por semana, también desaparecieron. «No sirven», dijo un importante funcionario en privado. 

De todos modos, puede verse un desfile diario de ministros. Algunos todavía sacan provecho de su anonimato. Martín Guzmán todavía camina la distancia que separa la Rosada del ministerio de Economía. Nicolás Dujovne solía hacer lo mismo hasta que optó por hacer ese trayecto en auto, por las calles internas del predio.

El flamante jefe de Estado ya cambió algunos protocolos de seguridad la Casa Militar. Prefiere evitar el trayecto en auto de apenas 150 metros que separan el helipuerto del ingreso por la calle Rivadavia.

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En los actos fuera de la sede del Ejecutivo ya no hay presencia de Gendarmería ni de la Policía de Seguridad Aeroportuaria. Ya no hay vallas fijas en la Plaza de Mayo, ni móviles en las calles laterales que impidan el paso de los transeúntes. El viernes, un pequeño grupo de militantes de Izquierda se manifestaron contra el Gobierno en el Cabildo. Apenas un cordón de agentes de la Policía Federal se apostaron en la puerta del edificio.

El Presidente no es el único que volvió. Es que varios empleados, que habían sido asignados a otras dependencias del Gobierno, regresaron a  cumplir funciones en la Rosada. “Volvieron porque estaban en comisión y ese estatus pierde vigencia cuando hay un cambio de gestión. Otros vuelven por afinidad política”, explica un histórico de la Casa. 

Algunos cambios empezaron antes de que Macri entregara el poder. Varios proveedores -temerosos de que no se les pagara- no entregaron más provisiones. Escaseó el papel de los baños, las gaseosas y otros alimentos. El menú diario de tres platos se redujo a uno. La normalidad volvió, pero Dante Liporace, el chef que llegó con Macri y transformó el servicio, se fue. El asegura que fue su decisión. En la Rosada dicen que se quiso quedar y que lo echaron.

Cuentan que el nuevo Presidente -como Macri- odia el cigarrillo, pero desde el 10 de diciembre los fumadores -empleados, funcionarios o periodistas- se relajan sin temor en el Patio de Palmeras.



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