La crisis de Alberto y Cristina: los misiles que van y vienen entre Olivos y el Instituto Patria

https://images.clarin.com/2020/09/01/alberto-fernandez-y-cristina-kirchner___2lLFXO14u_1200x630__1.jpg

—Es mejor así -dice un hombre del círculo íntimo del Presidente-. Que no se hablen y que Alberto pueda decidir solo.

—¿Vos pensás que él puede gobernar sin Cristina? ¿Qué poder tiene él sin ella? —se pregunta una confidente de la vicepresidenta.

Los dardos cruzan desde la Residencia de Olivos hasta el Instituto Patria y viceversa. Alberto Fernández y Cristina llevan cerca de un mes sin hablarse. O sin hablarse cara a cara, para ser precisos. Se hablan a través de intermediarios y, sobre todo, se envían mensajes por los medios. Esta es la nueva normalidad que se empieza a asumir en el Gobierno y que se asumía en el cristinismo, al menos, hasta el viernes por la noche, cuando Cristina habló por última vez con uno de sus colaboradores, cerca de las 22, y le dijo que iba a desentenderse del teléfono y a conectarse a Netflix. 

El relato sobre el vínculo de la dupla presidencial va experimentando pequeñas alteraciones. En la Casa Rosada pasaron de explicar una y otra vez lo importante que era para el primer mandatario hablar «todo el tiempo» con su socia a contar que a Alberto se lo ve más relajado desde que el diálogo se interrumpió. «Ella lo bombardeaba con mensajes y llamados todo el tiempo. Lo volvía loco», suelen contar los interlocutores del primer mandatario.

Los pedidos eran de los más variados. Podían ir desde el reclamo por el nombramiento de un delegado del PAMI en Santiago del Estero hasta los más agudos diagnósticos sobre el funcionamiento del Gabinete y, por supuesto, sobre lo que para ella es el no avance de la liberación de sus causas en la Justicia. Todo con el mismo nivel de intensidad. Cuando Cristina quiere algo, grande o pequeño, no sabe de esperas.

Podría dar fe Oscar Parrilli, que esta semana recibió varias intimaciones de su jefa y las trasladó sin demoras a quienes correspondían. Entre ellas, la orden de acelerar el tratamiento del Aporte Extraordinario a las Grandes Fortunas y el freno al Presupuesto que había llegado de Diputados. Hubo otras gestiones menos visibles y que había comenzado a hablar, la semana anterior, en una reunión a solas con Alberto. 

En el Instituto Patria oscilan con las interpretaciones cuando se consulta sobre la relación con el jefe de Estado. Por momentos responden que la ex presidenta es la dueña del poder y, en otros, -como ocurre en tiempos recientes- que la pelota está en poder exclusivo de Alberto y que es él el que se tiene que hacer cargo de sus errores y de la crisis. Parafraseando a Néstor Kirchner: no hay que mirar lo que dice y tampoco lo que hace Cristina, sino releer su carta abierta del 27 de octubre.  

Los que nunca pierden el optimismo confían en que bastaría una conversación telefónica para que la cosa se arregle. Puede pasar, son animales políticos. Si diez años de distanciamiento no fueron impedimento para terminar haciendo una alianza que los depositó de nuevo en el poder, mucho menos son treinta días. Sin embargo, hoy la paz parece lejana. Las diferencias que arrastran y que la propia vicepresidenta se ocupó de confirmar en su misiva se trasladaron a un tema que ambos protagonistas consideran vital, sensible, urgente y en el que prometen no aflojar. La elección del Procurador General de la Nación. Vale decir -ni más ni menos-, el jefe de los fiscales. 

Para Alberto, el único candidato posible es Daniel Rafecas. Lo dijeron sus principales ministros en los últimos días. Lo afirma el Presidente abiertamente ante los periodistas y en cualquier conversación privada con actores de poder. No hay plan B. Lo charló con Horacio Rodríguez Larreta hace unas cuantas semanas. Inesperadamente, hasta consiguió sin proponérselo que Elisa Carrió y un sector que comprende a Larreta y a varios radicales, juegue a favor de su deseo, más allá del revuelo que armó la maniobra dentro y fuera de Juntos por el Cambio.

Desde los pasillos de Comodoro Py se acoplaron señales alentadoras para la Casa Rosada: jueces y fiscales sostienen que Rafecas «es la mejor opción, pese a todo». El 17 de diciembre del año pasado, cuando Fernández recibió en su despacho a Rafecas y blanqueó que era su candidato, un escenario semejante hubiera sido motivo de brindis. Hoy no lo es. El obstáculo para su plan, por más que Santiago Cafiero le eche la culpa a la oposición, nace desde la cima del Senado. Allí, y no a otro lado, debería acudir el jefe de Gabinete a tocar la puerta.     

Sucede que la vicepresidenta no quiere a Rafecas. La separan de él viejos rencores. Uno, especialmente: Rafecas fue el juez que en 2012 ordenó el allanamiento en el departamento de Amado Boudou a instancias de un pedido del fiscal Carlos Rívolo. Esa disposición, y el procedimiento en Puerto Madero, fueron de las primeras imágenes-símbolo de la corrupción kirchnerista. Aún gobernaba el extinto Frente para la Victoria y faltaban, por ejemplo, cuatro años para que se viera a José López revoleando los bolsos con dinero sucio en el monasterio de General Rodríguez.  

Hoy Cristina sostiene que, antes de pensar en el nombre del jefe de los fiscales, hay que impulsar la reforma del Ministerio Público Fiscal que permita, entre otros puntos, reemplazar a Eduardo Casal. De modo extraoficial, en su entorno indican que tampoco están los votos para nombrar a Rafecas. Y que la prioridad es un nuevo proyecto para que el mandato del procurador no sea eterno y para que, además, el candidato pueda ser elegido sin la obligación de reunir los dos tercios de los votos. Sin esos dos tercios, Rafecas ya dijo que prefiere declinar su postulación. Gracias, dicen en el Instituto Patria. 

En el Congreso existen cuatro proyectos para la reforma del Ministerio Público. Dos de la senadora del Movimiento Popular Neuquino, Lucila Crexell -que son complementarios-, uno de Martín Lousteau y el restante, de hace tres días, del rionegrino Alberto Weretilneck. El Ejecutivo lo ve con buenos ojos, aunque hay quienes advierten que, si prospera, le podría liberar las manos al cristinismo para frenar o avalar cualquier nombre a la Procuración. El postulante es potestad del Presidente. Pero Alberto podría caer en la misma trampa que cayó Mauricio Macri: que los conflictos propios y ajenos lo dejen sin nombrar a nadie.

Una prueba de que ese fantasma tiene algún sustento se registró en estos días. Fue después de que Crexell le envió una carta a Anabel Fernández Sagasti, la dirigente de La Cámpora que comanda la Comisión de Acuerdos, para que apurara el pliego de Rafecas. Desde entonces, el celular de Sagasti sonó más de lo habitual, pero, sugestivamente, fueron pocas las llamadas que atendió. ¿Por qué se negaría al pedido? No hay pruebas, pero tampoco dudas.

La senadora viajó ayer temprano a Maipú, la localidad de Mendoza, su tierra. Se vio con sus amigas de la vida y casi no salió de su casa por el temporal que afectó a la provincia. Por la noche se conectó a Facebook para dar una charla sobre feminismo. Nadie le preguntó por el procurador. A través de la camarita, se la veía de buen humor. 

Mirá también

Mirá también

[ad_2]

Fuente

Desarrollo Web Efemosse
/ España: efemossesistemas.com
WhatsApp chat