Israel está atravesando un inusitado momento de crisis política, algo extraño en un país consolidado, pujante y desarrollado. Hace 10 meses que se encuentra en una dificultad política-institucional por no poder formar gobierno y las últimas dos elecciones no lograron los resultados requeridos, para poner en funciones, un gobierno con mayorías. El sistema político está compuesto por dos grandes coaliciones que ocupan el centro moderado y un conjunto de partidos minoritarios que representan el resto del arco ideológico, religioso y de minorías nacionales.

El escrutinio electoral de abril de 2019 definieron al Partido Likud y a su líder el primer ministro Benjamín Netanyahu, como la expresión política más votada pero sin alcanzar una mayoría que le permitiera el objetivo de gobernar. Son evidentes las razones socioeconómicas que sostienen la popularidad del actual premier, pero otros factores, como la situación militar controlada, la extinción de la amenaza terrorista dentro del territorio nacional y el boom económico, que derrama bienestar, son partes del éxito. A pesar de eso, el sistema electoral marcó un estancamiento parlamentario que llevó a nuevas elecciones para el 17 de septiembre que tuvieron un resultado similar a la anterior paralizando otra vez la formación de gobierno, dado que nadie logró construir una mayoría parlamentaria de 61 bancas sobre un total de 120. 

 Después de los últimos resultados, tanto Netanyahu como el principal líder opositor, Benny Gantz, tenían la posibilidad de perfilar sus candidaturas para liderar un gobierno. Pero para eso era necesario construir un espacio de mayoría parlamentaria amplia. Había una demanda clara en el conjunto del sistema político e institucional israelí: nadie quería una tercera elección. Por lo tanto, los esfuerzos de negociación se extremaron poniéndose en juego la capacidad política de los líderes en romper la inercia y construir un pacto de gobernabilidad de cuatro años. Esto puso en la superficie a todos los actores que inciden en la formación de un futuro gobierno que van desde la derecha ortodoxa religiosa hasta la coalición de partidos árabes.

El proceso electoral reflejó una permanencia política del Likud, pero solo en el espectro de centro derecha. Sus componentes ideológicos son el nacionalismo cultural, la defensa militar, cierto liberalismo económico con una idea de Estado de Bienestar, más una política de acercamiento a los partidos ortodoxos de perfil religioso. Pero los resultados alcanzados con 31 parlamentarios electos redujeron su capacidad de maniobra para formar gobierno. Aún si sumaba al conjunto del arco derechista conformado por los partidos: Shas (sefaradíes ortodoxos), Yahadut Ha Torá (askenazi) y Yamina, que aportan 24 parlamentarios, tampoco lograba la mayoría.

Más allá de los éxitos económicos que sostienen la popularidad del primer ministro, no necesariamente todas esas virtudes políticas se derraman sobre él. Aspectos como el cansancio público, ciertas denuncias de violación institucional y una influencia religiosa en la vida pública, entre una mayoría laica, impactan negativamente para apoyarlo en su quinto mandato.

La otra gran coalición es la Azul y Blanca liderada el ex comandante en jefe de la Fuerzas Armadas, el general Benny Gantz. Este militar retirado que goza de una gran reputación en la vida social de Israel por ser reconocido como un gran soldado, se volcó a la política y conformó una alianza de partidos opositores. Buscó denodadamente producir un cambio en el marco político y construyó un frente donde unió el espectro del centro izquierda, apoyado, desde el primer momento, por el reconocido dirigente progresista Yair Lapid. En términos nominales logró tener la mayor representación en la última elección con 33 parlamentarios, que juntos a los aliados del Partido Laborista, Unidad Democrática y Lista Árabe alcanzaban a 56 parlamentarios. Uno más que la coalición de derecha, pero lejos también de conseguir los 61 parlamentarios requeridos para conseguir la mayoría. 

 Pero este proceso electoral de septiembre, de la misma manera que el anterior de abril, marcó algunos datos significativos a tener en cuenta, como por ejemplo la mala elección del tradicional Partido Laborista que conquistó solo 6 bancas para la agrupación que diseñó la política de Israel desde la creación del Estado hasta estos últimos años. Una serie de factores internos como la ausencia de propuestas para hablarle a la nueva demografía y la incapacidad para representar a una importante minoría centrista en el éxito económico, hicieron del partido fundador de la nación, una pequeña expresión política nostálgica. Lo mismo ocurrió con el tradicional e izquierdista Meretz que en una alianza con otros partidos menores solo lograron 4 bancas.

El dato significativo fue la consolidación de la agrupación Israel Beitenu liderado por Avigor Lieberman. ¿Está en él definir el próximo primer ministro de Israel? Es muy probable. Este inmigrante moldavo que llegó a Israel – como muchos- en los años posteriores a la caída del comunismo en la extinta Unión Soviética, hoy representa a los miles de inmigrantes eslavos de origen judío que se instalaron allí. Expresa un modelo ideológico de derecha dura, laica que hoy tiene posiciones políticas que confrontan con los sectores religiosos ortodoxos que gozan de privilegios fiscales, subsidios y que se niegan integrar el Ejército. Lieberman propone suprimir estos privilegios y de esta manera toma distancia de Netanyahu atomizando la derecha israelí. El actual primer ministro se resiste en modificar la ley sobre los sectores ortodoxos por temor a perder el apoyo considerable de estos.

Es muy probable que sectores de derecha laica terminen cerca de un gobierno progresista y uniéndose a estos por una visión común no religiosa. Los programas de gobierno tanto de Netanyahu como de Gantz son similares en asuntos domésticos, difiriendo en matices. Pero apareció un aspecto novedoso en la democracia israelí como es el factor religioso, que actuó con determinación en los últimos gobiernos, pero que hoy está puesto en jaque desde sectores de la misma derecha que pretende conservar la secularidad del Estado.

De esta manera el Parlamento entró en un camino de negociación para construir un gobierno estable de cuatros años en donde las alternativas políticas eran diversas, pero las posibilidades limitadas.

El escenario se modificó a partir de que Netanyahu es acusado por el fiscal general del Estado, Avijai Mandeblit de fraude, cohecho y abuso de confianza. Es de tal impacto la decisión judicial que opera como un actor electoral sumando un tamiz ético a las variables de negociación parlamentaria.

Esta circunstancia determina que Netanyahu es el primer jefe del Ejecutivo de la moderna historia israelí que será acusado judicialmente mientras ostenta el cargo, complicando aún más la situación que vive el país. Tras dos elecciones generales en que nadie logró formar gobierno, el presidente del Estado de Israel, Reuven Rivlin, trasladó el mandato al Parlamento, pero ninguno de los restantes miembros pudo lograr el cometido, en el plazo de 21 días que da la Constitución para tal efecto. Por ese motivo se llamaron a nuevas elecciones para el próximo 2 de marzo. Hecho que nadie quería, pero que la realidad impuso.



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