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El rol de los Estados Unidos en la política internacional ya no es decisivo como en el siglo pasado a la luz del protagonismo de China, pero sí es trascendental, a tal punto que la perspectiva de un gobierno como el de la Argentina puede cambiar con la alternancia del poder en la Casa Blanca.

Donald Trump fue el gran aliado de Mauricio Macri, lo que le permitió a su gobierno obtener una fenomenal ayuda a través de un stand by de U$S 54 mil millones. Los argumentos no fueron económicos sino personales y geopolíticos, al punto que intervino en esa negociación en mayo de 2019 nada menos que el legendario Henry Kissinger que, con sus 96 años, llamó al entonces número dos del FMI David Lipton para empujar ese desembolso con el argumento del “terror chino”. Es decir, el desembarco de las “inversiones” del gobierno de Xi Jinping en América Latina.

Fuera de carrera Trump, quien lo padece ya no es Macri –porque no está en el poder- sino el brasileño Jair Bolsonaro, que apostó fuerte por el saliente mandatario norteamericano en la campaña. “Lo que hizo Bolsonaro inmiscuyéndose en la campaña electoral de otro país como Estados Unidos, es el ejemplo de lo que no hay que hacer”, indicaron desde el Gobierno. Bolsonaro no sólo perdió su apuesta política, también podría perder el padrinazgo de Estados Unidos.

Por eso, si bien en la Casa Rosada la oficialización del triunfo del candidato demócrata no produjo algarabía, ni mucho menos, sí abrió una fuerte expectativa interna: que Alberto Fernández se constituya ahora, en un interlocutor clave de Biden.

“Alberto claramente en este contexto va a tener un mayor protagonismo porque la Argentina tiene la gran chance de ser una potencia de equilibrio en la región”, indicó un funcionario. Las situaciones de inestabilidad política en América Latina sumada a la estrategia errada del Trump de endurecer las sanciones contra el régimen de Nicolás Maduro en Venezuela y a Cuba, sin resultado alguno, parecen requerir para los demócratas un cambio de época.

En la Cancillería creen que la defensa de los derechos humanos y un mayor diálogo para abordar los conflictos regionales son parte de la agenda de Biden en la que coincide Fernández. También hay otros intereses menos altruistas como el energético -otra vez Vaca Muerta-, una especialidad en los negocios familiares del flamante mandatario electo de los Estados Unidos.

En tono más político, un importante dirigente del Frente de Todos observa que a Alberto “pueden terminar usándolo como vínculo con un Chile conmocionado, una Bolivia con la vuelta del socialismo, con un Brasil beligerante y un Ecuador que va a vivir un proceso de cambios porque esta mal el gobierno de Lenin Moreno”.

Apuntan en esa lógica de reconfiguración de las relaciones en la región, un gesto. Durante su estadía de este domingo en Bolivia para la asunción de Luis Arce, el mandatario colombiano Iván Duque -una suerte de Bolsonaro de buenos modales- solicitó reunirse con Fernández.

Lo más urgente para el Gobierno en una agenda bilateral que llevará tiempo redefinir es la negociación con el FMI y el apoyo del Tesoro norteamericano a la propuesta argentina a través de su representante en el directorio. Actualmente es Mark Rosen, a quien suponen será reemplazado ni bien asuma Biden en enero. “Igualmente nosotros seguimos buscando el apoyo de Washington, más allá del recambio de gobierno”, afirmó una fuente de las negociaciones.

Atrás parece haber quedado la época del discurso antinorteamericano del kirchnerismo en momentos en que el presidente era Barack Obama y su vice, Biden. Como cuando la ex mandataria Cristina Kirchner en 2015, durante la cumbre de las Américas, criticó con dureza a Obama al salir en defensa del régimen de Maduro y considerar “ridículo que Estados Unidos considere una amenaza” a Venezuela.

Tiempo después el propio Obama ya fuera de la Casa Blanca, le devolvió gentilezas al evaluar que las políticas de Cristina “eran siempre antiestadounidenses” y que ella “recurría a una retórica que data probablemente de los años 60 y 70 y no a la actualidad”.

En la Casa Rosada aseguran que eso “prescribió”, que el mundo es otro, y los distintos funcionarios políticos y diplomáticos se esmeran es afirmar: “La relación será entre Biden y Alberto”. No con Cristina. Incluso, para reflejar coincidencias, remarcan que tanto el mandatario electo de EE.UU. como el argentino están a favor del cierre de la grieta y de la unidad.

“Cuando escuchás los discursos de Biden, de Kamala Harris o Alexandria Ocasio Cortez, es más fácil empatizar que con Trump porque hay valores que compartimos: la importancia de la inclusión y la diversidad en la sociedad, la agenda de la igualdad de género, la necesidad de erradicar la desigualdad, la defensa de los DDHH, la lucha contra el cambio climático”, argumentan con tono épico cerca de Alberto F.

Otro de los que tiene algún vínculo con Biden y el equipo demócrata es el titular de la Cámara de Diputados, Sergio Massa. De hecho en 2016, cuando recién asumió Macri y lo invitó al foro de Davos, el entonces mandatario se reunió con el premier israelí, Benjamín Netanyahu, mientras que Massa se quedó dialogando amenamente con Biden, en ese tiempo vicepresidente de Obama.

También hubo contactos estadounidenses con Massa y su equipo allá por 2013, cuando el tigrense se había convertido en el nuevo referente opositor tras derrotar al kirchnerismo en las elecciones legislativas y frenar los intentos de «Cristina eterna». Uno de los actuales asesores de Biden, Dan Restrepo, dialogaba asiduamente con Massa o con quien era su jefe de campaña: Alberto Fernández.A

Además de Restrepo, figuran otros asesores para América Latina del presidente electo demócrata como Juan González, que hace unas dos semanas, al referirse a la relación con Argentina, admitía que “se deterioró” bajo las presidencias de George W. Bush y de Néstor Kirchner y que con Obama y Cristina Kirchner se intentó, sin éxito, restablecerla.

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