Cumbia y gases, el velorio de Maradona que nadie vio

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El funeral de Diego Maradona en la Casa Rosada preveía que ante una emergencia dramática se evacuara al féretro del astro elevándolo a los cielos. La familia y las autoridades tenían a disposición tres helicópteros si sucedía un acontecimiento severo que necesitara de un escape aéreo. No pasó. Pero sí se generó otro tipo de alerta debido a un descontrol violento que provocó terror entre los parientes y amigos del hombre más popular del país. El ataúd con el cuerpo de Maradona se resguardó en un lugar seguro. Su familia y sus amigos también se movieron hasta allí ante la fuerza de los hechos inesperados. Estaban todos en el Salón de los Pueblos Originarios. Habían pasado parte de la noche y del día en ese espacio preparado para que tuvieran total intimidad. Sin cámaras. Sin curiosos. Solo ellos y su duelo.

Alrededor se desarrollaba una anarquía preocupante, pero fue entonces cuando la familia Maradona y sus amigos despidieron a su ser querido del modo más cercano, personal y emocionante. El féretro de Maradona fue abierto por primera vez. Sus familiares vieron el cuerpo del hombre que siempre fue invencible y se asombraron por la paz y la energía que parecía transmitir. Hubo llantos y abrazos. Las hijas de Maradona decidieron que en ese velorio único, a pesar del descontrol que se escuchaba afuera, todo se armonizara con la música que más le gustaba a “Diego” y a ellas también. Cumbia. Canciones románticas. Pop latino. Bachata.

Algunos de los pocos presentes fueron afectados incluso por los gases lacrimógenos que había lanzado la policía para despejar a los violentos que rompieron las exequias organizadas por las más altas autoridades políticas de la República.

Ellos vivían otro momento.

La escena del momento del velorio que el público no vio fue reconstruida a Clarín por testigos directos de esos minutos singulares y necesarios.

El desborde social se había desatado minutos antes.

A las 15:39 del jueves 26 de noviembre del 2020, en lo que se transformó en un acontecimiento único en la historia argentina, desconocidos en banda multitudinaria, muchos de ellos barras bravas de diversos clubes de fútbol, otros apenas fanáticos de Maradona que esperaban despedir a su ídolo, vencieron la resistencia de las fuerzas de seguridad que cuidaban la sede central del Gobierno. Saltaron rejas. Abrieron un camino delirante y multitudinario para entrar adonde no debían. Corrieron por los pasillos del poder. La seguridad presidencial había perdido el manejo del edificio más custodiado de la Nación.

El abogado de los Maradona, Fernando Burlando, junto a otros de los amigos, parientes del ex futbolista y empleados de una empresa fúnebre, fue quien lideró el movimiento del cajón mortuorio trasladado sobre un carro con ruedas, y en caminata rápida haciendo zig-zag entre galerías de la Casa Rosada, hacia el Salón donde luego reinaría la armonía.

Entre muchos otros, estaban allí la primera única esposa de Maradona, Claudia Villafañe. Las dos hijas de ambos, la mayor, Dalma acompañada de su esposo, Andrés Caldarelli. Su hermana menor, Giannina. Otra de las hijas del ex futbolista, Jana. La mamá de uno de los hijos del ídolo argentino, Verónica Ojeda. Uno de los empresarios más influyentes del país, Claudio Belocopitt, accionista de la empresa Swiss Medical, dedicada a la salud, que atendió a Maradona en muchas ocasiones. Ese ejecutivo vivió una anécdota inusual. Cuando llegó a la Casa Rosada ya la habían tomado los barras. En el Salón de Bustos vio cómo uno de los violentos intentó tirar al piso al busto del presidente Victorino de Plaza. Belocopitt alcanzó en el aire la estatua y la salvó de una posible rotura.

También estaba con la familia el fundador de la marca de ropa Key Biscayne, Nicolás Cúneo. Más parientes. Y, como se dijo, Burlando. Fue ese abogado quien más sufrió la respiración de los gases lacrimógenos. Se levantó al otro día tosiendo sangre.

Villafañe, después de escuchar al presidente y a Santiago Cafiero, respetuosos de los sentimientos de la familia, tomó la decisión inamovible de ponerle fin a las exequias de Maradona. Terminarían a la que hora en la que ella siempre les había informado que debía culminar. Las cuatro de la tarde de ese jueves.

El Presidente había intentado persuadirla de extender ese horario algunas horas más debido a la multitud que esperaba entrar a la Casa Rosada a despedir a su ídolo. Ella se mantuvo inflexible. Su hija Dalma la acompañó con la misma convicción.

Solo cuando Villafañe vio la cantidad de gente que colmaba la Plaza de Mayo, la Avenida de Mayo, y parte de la 9 de julio, accedió a que el velorio finalizase a las siete de la tarde. Pero tras el desborde sufrido en la Casa de Gobierno anunció que no habría alargue posible.

La despedida de Maradona ya era solo para su familia.

Cristina Fernández, que también saludó en la Casa de Gobierno a los Maradona, le pidió a Villafañe que aceptara alargar la despedida de su ex esposo. Tampoco tuvo éxito. Cuando la vice entró al lugar original en el que estaba el féretro pidió suspender la entrada de los visitantes que aguardaban haciendo cola en la calle.

Saludó a Villafañe, a sus hijas, y se acercó al ataúd, y se sostuvo de él con sus dos manos. Cuando partió se iniciaron los desbordes de los violentos.

El Gobierno ya le había pedido a la Jefatura porteña que descomprimiera a los miles y miles de personas que esperaban despedir de cerca a Maradona y que aun aguardaban ese momento sobre la avenida de Mayo y la 9 de julio. Hubo disturbios. Casi al unísono se desbordó la custodia de la Casa Rosada y barras y ciudadanos audaces tomaron la sede del Gobierno poniendo en riesgo la seguridad tanto del Presidente como de la vice. Y, por supuesto, de los Maradona y del cuerpo del astro fallecido.

Ya dentro del Salón de los Pueblos Originarios, los íntimos de la familia iniciaron el velorio más movilizante para ellos. Habían pasado la noche recibiendo visitas, amigos y conocidos, compañeros de Maradona. Músicos como Fabián “El Zorrito” Von Quintiero; parte de la banda de rock Los Piojos; dirigentes de la política; de las asociaciones deportivas.

Mientras desfilaban los visitantes convocados por las autoridades a un funeral que se anunció que duraría días, cuando en realidad Villafañe había advertido que quería que terminase esa misma tarde, el ataúd de Maradona también corrió riesgos de caerse. Al menos dos veces. Quienes lo saludaban lo hicieron con intensidad variable. Personas discapacitadas tuvieron una especial atención de parte de las hijas de Maradona.

Las emociones más íntimas y personales de las hijas y otros familiares de Maradona no son necesarias de describir al detalle.

Tras esos minutos de intimidad doliente, sonó entonces la música que le dio algo de alegría a un momento ineludiblemente triste.

Según pudo saber Clarín de fuentes inobjetables, las canciones que se eligieron para despedir al astro fueron las que más le gustaban a él y las que solía bailar con su familia.

Maradona era fanático de Marco Antonio Solís. Su tema dilecto era “Si no te hubieras ido”. Algunas de sus estrofas son éstas: “La gente pasa y pasa siempre tan igual/ El ritmo de la vida me parece mal/Era tan diferente cuando estabas tú/ Sí que era diferente cuando estabas tú/ No hay nada más difícil que vivir sin ti”.

También sonó la cumbia “Bombón Asesino, de Los Palmeras. Hubo alguna sonrisa entre sollozos. El ritmo de ese tema convoca a la alegría: “Es que ella tiene un bombón asesino/Se sabe un bombón bien latino/ Es que es un bombón suculento/Con ese bombón casamiento”.

Para Dalma Maradona, fue especial escuchar otra canción que oía a menudo con su papá. Se llama “Y cómo es él”. Y la canta Marc Anthony: “Mirándote a los ojos, juraría/ Que tienes algo nuevo que contarme/ Empieza ya mujer, no tengas miedo/ Quizá para mañana sea tarde/Quizá para mañana sea tarde”.

Ese momento musical terminó con todos los presentes rodeando a Maradona cantando la cumbia de Rodrigo Bueno, una especie de himno familiar, “La Mano de Dios”: “En una villa nació, fue deseo de Dios/ Crecer y sobrevivir a la humilde expresión/Enfrentar la adversidad/con afán de ganarse a cada paso la vida”.

El final del tema termina con un “Olé, Olé, Olé, Diegooo, Diegooo”.

Villafañe gritó esa estrofa agitando su mano con puño cerrado.

Con fuerza. Tesón. Y entereza. 

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