Los verdaderos planes de Roberto Lavagna y las piruetas de Horacio Rodríguez Larreta entre egos y enojos internos

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A «La Clo», una cabaña boutique dominada por la raza bovina Aberdeen Angus, ubicada en Máximo Paz, en el partido de Cañuelas, los rumores políticos llegan lentos, pero llegan. El último dato que recibió su dueño, Roberto Lavagna, es que Alberto Fernández -incentivado por un sector del establishment con el que ha vuelto a coquetear en las últimas semanas- podría tentarlo para comandar un ministerio poderoso, similar al que conducía después del cataclismo del 2001, cuando era ministro de Eduardo Duhalde.

La versión, si se hace memoria, viene desde la victoria electoral del Frente de Todos. Lo que se modificó fue el escenario. Los trascendidos corrieron en algunos círculos de poder a partir del salto del dólar blue -que llegó a cotizar al triple del que heredó la actual administración-, de la inestabilidad permanente de la economía y, sobre todo, desde que Cristina pidió un giro brusco en la gestión antes de que haya que lamentar males mayores. 

En esa cabaña de 35 hectáreas, que son su lugar en el mundo y donde pasó la cuarentena, Lavagna recibe desde marzo mensajes del Presidente. En general son para invitarlo a Olivos. Ahora hace un mes que no se ven. Hay una razón. No sería apropiado que Alberto le volviera a decir a los empresarios que él y Lavagna piensan lo mismo. Las diferencias entre ellos se agrandaron.

Las citas en la Quinta presidencial se exhibieron siempre como auspiciosas. Pero, con el tiempo, los colaboradores del ex ministro han dejado trascender que Fernández tiene una conducta demasiado oscilante. Que escucha y asiente ante algunos consejos y que después termina haciendo poco o nada de lo que se habla. Lavagna también alteró su visión sobre el comportamiento que podría tener la crisis. Por decirlo de modo prudente, es menos optimista que hace algunos meses.

En este contexto, ¿hay posibilidades de que lo convenzan para ser ministro? No. Desde hace unos días existen nuevas razones. El economista ya prepara un armado propio para enfrentar al oficialismo en las legislativas de 2021. Al oficialismo y al macrismo. La famosa y hasta ahora siempre frustrante tercera vía. La coalición Consenso Federal, en clave electoral, está de regreso.

Así se decidió en un almuerzo, el martes, en su chacra. El anfitrión lo charló con el ex gobernador socialista Miguel Lifschitz, uno de sus principales aliados en su última aventura proselitista, el año pasado, cuando peleó la presidencia y quedó muy lejos, detrás de Fernández y de Mauricio Macri. En la intimidad de la conversación Lavagna afrontó los rumores, aunque negó que haya habido un ofrecimiento. «Tienen que gobernar los que ganaron; nosotros perdimos. Así es la democracia”, se desentendió.

El malestar del lavagnismo con el kirchnerismo no es tan reciente. Nació en la Cámara de Diputados, donde creen que Sergio Massa trabajó para romper el bloque de Consenso Federal, y se trasladó de a poco a Olivos. Lavagna aconsejó, y así lo hizo público el propio Presidente, que no podía producirse una ruptura en la relación con la vicepresidenta. Que había que cuidar el vínculo. Los lavagnistas, sin embargo, aclaran que no puede echársele la culpa a ella cuando las cosas no funcionan. El que tiene el bastón de mando es el presidente. Feliz coincidencia con el Instituto Patria.»Todos sabían lo que significaba una alianza con Cristina», coincidieron en el almuerzo del martes.

Horacio Rodríguez Larreta, el jefe de Gobierno que aspira a ser candidato presidencial.

Horacio Rodríguez Larreta, el jefe de Gobierno que aspira a ser candidato presidencial.

El rearmado de Consenso Federal podría ser una piedra en el zapato para Juntos por el Cambio, cuya maquinaria electoral empezó a moverse. Al frente de esa maquinaria se colocó Horacio Rodríguez Larreta. Encara una carrera de obstáculos con una primera y decisiva parada en 2021. El alcalde quiere ampliar el espacio y correrlo al centro. Sueña con incorporar nuevas figuras de la mano de un discurso de diálogo y lejos del odio. Suena lindo. Salvo que a cada paso se tropieza con enojos y con actores muy cercanos que profundizan la grieta. Esta semana fue una muestra.

Tuvo que inaugurarla con un pedido de disculpas por la foto en la casa de Elisa Carrió. Mauricio Macri, todo el sector más puro del macrismo y muchos radicales le reprocharon que hayan decidido tomar partido en favor del pliego de Daniel Rafecas a la Procuración sin plantearlo antes en una discusión con todos los actores del espacio. Larreta contó que la foto se malinterpretó, que la cita estaba pactada de antes y que no se habló casi de Rafecas. Le faltó decir, y no hubiera faltado a la verdad, que Carrió lo esperó con una torta para celebrar su cumpleaños número 55, que había sido el día anterior. A Macri, que está enemistado con Carrió, no le faltaron ganas de burlarse de las cándidas explicaciones de su aliado.

Las piruetas del jefe de Gobierno empiezan a ser arriesgadas. Ahora es él el que tiene que administrar ánimos y su relación con la Nación, que es otro eje de disputas internas. «Antes miraba para arriba y estaba yo, hoy está solo», suele decir Macri en sus reuniones. Quienes visitan al ex presidente en sus oficinas de Olivos o en su nueva casa de Acassuso cuentan que su única preocupación es que la oposición gane en 2021 y vuelva al poder en 2023. Que se empezó a hacer a la idea de que su rol es estar detrás de escena. El desfile de dirigentes por sus oficinas es intenso. Uno de ellos le llevó un libro de regalo: «El hombre que amaba a los perros», de Leonardo Padura.

El miércoles, Rodríguez Larreta dio un paso más en su construcción. Compartió un acto en conmemoración al 106° aniversario del nacimiento de Rogelio Frigerio con dirigentes a los que aspira a sumar más temprano que tarde a su frente. Llamó a terminar con la grieta y con los discursos apocalípticos. Una melodía que esperaban los invitados.

Entre ellos estaban el neurocientífico y best seller Facundo Manes, que en 2017 estuvo a un paso de ser candidato en la boleta de María Eugenia Vidal; la centroizquierdista Margarita Stolbizer, que habla en privado con Larreta y Vidal pero que el día que dé una entrevista dirá que la gestión presidencial de Macri fue un desastre; y el centroderechista Ricardo López Murphy, alguna vez socio de Macri, y hoy uno de sus más severos críticos. También estaba el senador Martín Lousteau, el último radical. No era, como se puede ver, una tribuna que careciera de egos. Ni de proyectos propios, siempre grandes. El que no quiso ser presidente, quiere serlo. Larreta cree que podrá lidiar con todos ellos. Negociar, negocia; cerrado, no tiene nada.

Tampoco está clausurado en la oposición el debate sobre qué harán sus integrantes si el primer mandatario los convoca a negociar una serie de puntos para tratar en el Congreso, que podrían ir de la mano de la elección del Procurador, según una serie de conversaciones subterráneas de los últimos días. La primera reacción pública de Macri fue ambigua. Aquel tuit posterior a la carta de Cristina pareció anticiparse a una convocatoria que aún no estaba hecha.

Si los llaman, Rodríguez Larreta y Vidal están dispuestos a colaborar. Carrió duda, pero lo haría por temor a que el clima se enrarezca y se desencadene algún tipo de violencia social. Los radicales se encuentran divididos. El ala dura del macrismo es mucho más desconfiada. Todos se mueven con pie de plomo. Los une el espanto: ser deglutidos por la interna peronista.

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