La ofensiva de Mauricio Macri, el enojo de Elisa Carrió y por qué María Eugenia Vidal se escapa del ring

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Antes de volver a contestar preguntas del periodismo por primera vez desde que dejó el despacho presidencial, Mauricio Macri habló por teléfono con Elisa Carrió. No fue una conversación amable. Más bien podría decirse todo lo contrario. El diálogo se habría interrumpido de golpe. A esa charla se sumó más tarde un intercambio de mensajes por WhatsApp. Lejos de recomponer, lo que había empezado mal terminó peor.

Los protagonistas se han ocupado de que no trascendiera. La tensión entre ellos, sin embargo, es indisimulable y podría profundizarse. Los discípulos de Carrió hablan de una semana disruptiva. Se animan a compararla con «el día de la carterita», cuando la entonces diputada abandonó un acto del frente porteño UNEN, plantó a Pino Solanas en pleno discurso y rompió la alianza electoral. Hay una diferencia: ahora Carrió no desea romper Juntos por el Cambio. Tampoco Macri busca un quiebre

Eso no impide corcoveos. Las declaraciones de Carrió sobre que Cristina no está presa porque el macrismo no quiso fueron un puñal para el ala dura del espacio. «¿Dónde quedó la República y la división de poderes?», se preguntaban sin disimulo entre los asistentes frecuentes a la quinta Los Abrojos. Carrió reparó, como pocas veces, en las redes sociales. Estaba enojada con las críticas. 

Una de las últimas reuniones por Zoom de Mauricio Macri y los referentes de Juntos por el Cambio.

Una de las últimas reuniones por Zoom de Mauricio Macri y los referentes de Juntos por el Cambio.

El principal factor de disputa, de todos modos, es otro. Pasa por cómo pararse frente a una crisis inédita que se reserva todavía capítulos dramáticos. Carrió dijo ayer que hay sectores de la oposición que «cometen errores estratégicos gravísimos» y que la Argentina no puede ir «ni a Trump ni a Bolsonaro». Considera que hay una dirigencia que podría estar fogoneando las debilidades del Gobierno para sacar ventaja y que esa estrategia es funcional a la división que propone Cristina Kirchner y, sobre todo, perjudicial para millones de argentinos que pasan angustias cotidianas. Horacio Rodríguez Larreta y María Eugenia Vidal no quieren decirlo y acaso no haga falta: piensan como ella.

En el radicalismo, como es natural en un partido que alberga posiciones tan disímiles en más de 100 años de historia, hay posturas para todos los gustos. Alfredo Cornejo, a quien por algún motivo no muy claro Macri elogió casi con desmesura, se sumerge en el equipo de los confrontativos. No es el caso de Martín Lousteau. El senador razona que las posiciones extremas impiden sumar nuevas adhesiones y clarificar hacia dónde tiene que ir el país. Eso planteó en una charla por Zoom, días atrás, con dirigentes de Córdoba. Pidió una UCR que no se sienta cómoda, que aspire a gobernar y resaltó que para eso es vital ampliar el espacio opositor. «Esto es música para nuestros oídos», le respondió Luis Juez. Lousteau se afilió no hace tanto al radicalismo, pero tiene lazos con Emilio Monzó, el peronista al que Macri desairó sin nombrar en una de las entrevistas y con el que no se habla desde noviembre del año pasado.

Patricia Bullrich -protagonista en los banderazos del lunes- estaba feliz con la reaparición de Macri. Doble festejo para ella y para otro duro, Miguel Pichetto: reaparición y banderazo el mismo día. Sus voces incomodan a muchos aliados. La de Bullrich irrita más porque se traduce en repetidas apariciones por TV. No hay que hacer conjeturas extrañas. Genera audiencia. Así de simple. Que algún día eso se traduzca en votos es otro cantar. Ella se ilusiona. De la nada, empezó a sonar como candidata a jefa de Gobierno porteño, un dolor de cabeza para Lousteau, que creía tener el camino allanado por su sociedad con Horacio Rodríguez Larreta. Otros dicen que Bullrich sueña con una postulación presidencial. Los políticos nunca sueñan en chiquito.

La consultora Isonomía, que durante la era de Cambiemos en el poder fue la encuestadora predilecta para monitorear el humor de los argentinos, tiene registrado una suba de ciudadanos desencantados con la política. Más que eso: tiene probado que las posiciones extremas provocan atracción. Lo constataron con el siguiente dato: el mes pasado hubo un 9% de consultados que se definió a secas como «de derecha», aun cuando el abanico de respuestas guiadas incluía al PRO y a otras agrupaciones. Es un número muy alto. Los sociólogos dedicados a la política explican que, puestos a elegir, los ciudadanos prefieren siempre decir que son de izquierda.

Esas cifras sobre personas que se reconocen «de derecha» dieron siempre entre 2 y 3%. La opción «soy de izquierda» la duplicaba. La tendencia se revirtió, a tal punto de que los responsables de Isonomía pensaron que el sondeo estaba mal hecho. Cuando indagaron más a fondo descubrieron que en la sociedad se está imponiendo, paulatinamente, un miedo paralizante. A eso lo atribuyen. Miedo al Covid, miedo a perder el empleo, miedo a la inseguridad, miedo a que no vuelvan las clases. Es un combo explosivo que alienta los extremos. 

Martín Lousteau se inclina por la moderación. Foto: Lucía Merle.

Martín Lousteau se inclina por la moderación. Foto: Lucía Merle.

La gravedad de los indicadores económicos y sociales podrían provocar escenas desoladoras en los próximos meses. De eso hablan la dirigencia con responsabilidad de gestión y el Círculo Rojo. Para decirlo en otras palabras: hay quienes piensan que empujar a los ciudadanos a copar las calles podría desatar un enfrentamiento con final impredecible. El peronismo se habría cansado de que las manifestaciones fueran solo de la oposición. Ayer hubo una muestra con la celebración del Día de la Lealtad peronista. De fondo aparece diciembre, el mes más caliente. Hacia allí apuntan las miradas de algunos opositores y las de la propia Casa Rosada. 

Macri no se hace demasiado eco de esos planteos. Hay una sociedad que demanda liderazgos fuertes y hay que atenderlos, piensa. Puso en la mira las elecciones legislativas del año próximo como trampolín para las presidenciales de 2023 y vaticinó que Alberto Fernández encabeza el último gobierno populista de la historia. Los sectores más alineados con él tuvieron una semana que no puede considerarse de euforia, aunque sí de regocijo. El ex presidente lo registró en su celular. Se acumulaban las felicitaciones. Quienes propician su reaparición -que se interrumpirá en los próximos días- niegan que Macri esté agigantando las diferencias. La grieta, simplemente, está. «Y votos en el medio no hay«, al decir de uno de los ex funcionarios clave de la gestión anterior. Ese era el caballito de batalla de Marcios Peña en las últimas campañas. A propósito: que nadie vea a Peña no quiere decir que no esté. Lo consultaron antes de la reaparición. Claro, dio su consentimiento. 

El otro contrapunto fuerte en la oposición es por la economía. La caída del PBI de este año -que el FMI estima en 11,8%- la disparada del dólar blue y los números de empleo le hacen suponer a Macri que su administración no fue tan desastrosa en ese plano. «Estábamos en el camino correcto», se animó a declarar por TV. No pareció reparar en los números que dejó el 10 de diciembre. Inflación y pobreza, por citar dos temas que fueron centrales en su campaña hacia la Casa Rosada. Esas cifras las heredó altas y las entregó más altas. Tampoco reparó en el préstamo récord que le otorgó el Fondo Monetario a la Argentina y que no alcanzó para frenar la devaluación del peso ni para reactivar la actividad ni para evitar el regreso del cepo cambiario. 

¿Y María Eugenia Vidal? ¿Dónde está Vidal? La ex gobernadora se inclina por la mesura. Su prioridad es no alentar el conflicto. Dedicó los primeros seis meses del año a cuidar el vínculo familiar. Hacía 20 años que no estaba fuera de un cargo público. Eso explican sus colaboradores. «De la política nunca se fue, pero no tiene ganas de subirse al ring. Es atemporal y no le conviene a nadie«, explican. Se maneja por Zoom. Aseguran que su agenda está cargada. 

La presión para que la ex gobernadora reaparezca en los medios no es poca. Ella se resiste. Quizá hasta crea que la beneficia no estar. Lo que tenía que decir, al parecer, ya lo dijo puertas para adentro. Y lo que no dijo se lo reserva. Podría ser candidata el año próximo a diputada nacional. Podría no serlo. Podría saltar directamente al 2023, aunque no tiene claro dónde jugar. Los domicilios la habilitan a competir en la Ciudad y en la Provincia. Coquetea con ese juego ambivalente.

Su aliado máximo es Rodríguez Larreta. El jefe de Gobierno la protege. A la vez, cuida su vínculo con Macri. El ex presidente asume que el alcalde es el mejor posicionado para 2023, pero le aconseja que se prepare para empezar a perder amigos. Larreta no quiere pelearse con nadie. Macri le puso un apodo alusivo. Roberto Carlos, lo llama.    

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