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El modelo neoliberal fracasó, que no es lo mismo que decir que está derrotado. La sentencia vale tanto para Argentina como en el contexto mundial. Sobran evidencias. En Argentina se sigue discutiendo en los mismos términos en materia de políticas económicas, como antes de que «pasaran cosas» en estos últimos cuatro años. La diferencia es la ubicación de quienes defienden las posturas neoliberales: quienes antes eran oficialistas, hoy son oposición. Pero dicen lo mismo. Incluso son los mismos actores.

Con la misma retórica contra las políticas que supuestamente «desalientan las inversiones», se oponen a que la Ley de Solidaridad Social incluya un aumento de tres puntos (¡Tres puntos!) en las retenciones a la exportación de soja. Como si la lluvia de inversiones prometida en 2015 realmente hubiera existido. Se oponen a tratar en el Senado bonaerense una ley impositiva que aumenta el inmobiliario rural al 7 por ciento de propietarios de tierra más ricos de la provincia, en términos reales, en un 12 por ciento. ¡Apenas 12 puntos reales, sobre una valuación fiscal que, se sabe, está muy lejos del valor real de esas mismas tierras! 

Por otra parte, estas grandes extensiones –el segmento al que se refiere el aumento del inmobiliario rural del 75% es el de propiedades de más de dos mil hectáreas– usualmente son utilizadas para la explotación agropecuaria, o bien son mantenidas como capital especulativo. En un caso o en otro, el valor con el que miden sus propietarios el rendimiento es el dólar: cotizan sus campos en divisas, venden producción que cotizan en divisas y piensan en una eventual venta de sus activos según lo que le puedan pagar en dólares. 

Esa moneda subió en el año calendario más de un 100 por ciento, medido el precio final por el dólar paralelo («dólar libre» en el lenguaje de estos afortunados propietarios). Es decir, un patrimonio que aumentó un 100% en pesos contra una actualización de su propiedad para el fisco del 75% en pesos. ¡Un 25 por ciento a su favor! ¿No se habrán dado cuenta y por eso chillan contra la actualización del Inmobiliario?  

Otra franja de sectores acomodados, no casualmente beneficiarios del modelo político y económico aplicado durante el macrismo, el ruralismo más concentrado de la pampa húmeda, encabezó e intentó alimentar una reacción airada y asumió una posición explícitamente confrontativa por los movmientos sugeridos en las retenciones a la exportación de granos. La postura, claramente enancada en la defensa de intereses de clase, fue cuestionar prácticamente de base el derecho del actual gobierno a subir las retenciones, asumiendo que cuando lo hizo el gobierno de Cambiemos fue por una cuestión de necesidad (cumplir con las exigencias del Fondo Monetario). Ahora, en cambio, son motivaciones políticas las que esgrime el actual gobierno (saciar el hambre del 10 por ciento de la población). 

A diferencia de lo ocurrido en 2008, afortunadamente, hoy estos capitales concentrados no logran el consenso de un sector de la población que los crea víctimas de la «confiscación» del Estado, ni logran sumar a un grupo más nutrido de representantes agropecuarios, como los que encolumnaba detrás de sí, once años atrás, la Mesa de Enlace. Este fenómeno se vio reflejado este viernes en la convocatoria del gobierno a sectores empresarios y sindicales a suscribir el Compromiso Argentino por el Desarrollo. La Mesa de Enlace rechazó el convite aduciendo, en forma casi despectiva, que «no había podido leer el documento». Dos de sus cuatro integrantes, sin embargo, prestaron su apoyo y su firma: la Federación Agraria Argentina y Coninagro. 

Para estos sectores, terratenientes que se resisten a pagar un impuesto inmobiliario más caro que el que le corresponde al propietario de un departamento de un ambiente; ruralistas que se asocian a los exportadores de granos para celebrar las megadevaluaciones pero rechazan tener que tributar sobre el excedente, el Estado es «una pesada carga» cuya principal contribución social debería ser reducir a su mínima expresión el gasto público. Consideran que, si hay hambre, lo mejor «para todos» es que ellos tengan las condiciones para producir mucho más y así «derramar» sobre el resto de la población, los necesitados, parte de esa abundancia. 

Es el pensamiento neoliberal llevado a su extremo. Aquí, esa política es la que se aplicó desde 1976 a 1983 con la dictadura de Videla y Martínez de Hoz; de 1989 a 1999 con el menemismo/cavallismo de la convertibilidad, y nuevamente de 2016 a 2019 inclusive. Los interregnos alfonsinista y kirchnerista buscaron revertir las consecuencias pero no lograron modificar las relaciones estructurales de poder (pocos lo explican tan claro como Matías Kulfas, actual ministro de Desarrollo Productivo, en su libro Los tres kirchnerismos). Es decir, que el país está atado al neoliberalismo desde hace 45 años, sometido a él o combatiéndolo. 

Pero no es un problema exclusivo de Argentina. El inicio de los 90 fue el momento de gloria del neoliberalismo. El ensayo había resultado políticamente exitoso (socialmente desastroso) en Argentina (Videla) y Chile (Pinochet). con la llegada de Margaret Thatcher ( Reino Unido) y Ronald Reagan (Estados Unidos) al poder en las principales potencias de Occidente entre 1989 y 1990, el modelo neoliberal adquirió carácter dominante a nivel global. El Tratado de Maastricht en Europa y el consenso de Washington para América eran las Tablas Sagradas del nuevo (o no tanto) dogma. 

En una reciente entrevista para Euronews, el Nobel de Economía Joseph Stiglitz lo explica desde un enfoque global. «La promesa de Maastricht era que si la inflación resultaba inferior al dos por ciento, el déficit era inferior al tres por ciento del PIB y la deuda estaba alrededor del 60 por ciento del PIB, habría crecimiento económico. Hemos tenido décadas de esa política. Y lo que hoy tenemos es estancamiento en Europa. Por lo tanto, debe quedar claro que ese marco de políticas no funciona».

A propósito de los ejes de su reciente libro, «Una era del descontento», Stiglitz llama la atención sobre los sucesos en Francia con los chalecos amarillos, pero también en Chile, además de las protestas contra los aumentos de precios en Líbano o por los derechos ciudadanos en Hong Kong y en India. Todo simultáneamente. 

«Chile es uno de los países que si bien tuvo un desempeño macro muy bueno, fue uno de los países con mayor desigualdad. Y fue sorprendente que parecieran aceptarlo. Hasta que dejaron de hacerlo. Lo que intenté explicar en el libro es que necesitamos un nuevo contrato social entre el mercado, el estado y la sociedad civil. El capitalismo será parte de este contrato, pero no puede ser el tipo de capitalismo que hemos tenido durante los últimos 40 años. No podemos tener el tipo de capitalismo egoísta y sin restricciones donde las empresas simplemente maximizan el valor para los accionistas, independientemente de las consecuencias sociales», explica Stiglitz en la misma entrevista.

Hoy, en Argentina, se asiste a una disputa entre ese capitalismo egoísta e inescrupuloso, y un Estado que intenta restablecer la «tranquilidad económica», la normalidad en base al respeto y protección de los sectores más vulnerables y un Estado presente, muy presente, como lo expresa su discípulo hoy ministro de Economía, Martín Guzmán. 

No hace falta hacer un gran esfuerzo para reconocerse en el espejo de la crisis del neoliberalismo que describe Stiglitz, ni tampoco para reconocer la ubicación de los distintos actores en esa mesa de arena donde se grafica el combate. Pero hace falta hacer ese esfuerzo, para interpretar la actual etapa y para que los sufrimientos que dejó el macrismo no hayan sido en vano. 



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