El día que Montoneros le tiró a Juan Domingo Perón el cadáver de José Rucci

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-Bueno, José, yo me adelanto para preparar todo en el Canal…

-Andá tranquilo, que yo salgo atrás tuyo…

Fue el último diálogo que Osvaldo Agosto, jefe de prensa y amigo personal de José Rucci, mantuvo con el entonces secretario general de la CGT. Era la mañana del martes 25 de setiembre de 1973, hace 47 años.

Agosto arrancó su auto y, a las pocas cuadras, oyó el infierno de decenas de disparos que perforaron aquel cálido día de primavera. Supo entonces que todo había cambiado para siempre. Volvió al sitio de donde había salido para ver a Rucci acribillado a balazos, tendido frente al 2953 de la calle Avellaneda, en Flores, una casa donde el dirigente gremial pasaba algunas noches.

En el bolsillo del jefe de prensa quedó el discurso que Rucci iba a grabar ese mediodía en Canal 13 y que se emitiría por la noche, en celebración, acaso también como reflexión, del arrollador triunfo de Juan Perón en las elecciones del domingo anterior: el General volvía a la presidencia por tercera vez, votado por siete millones y medio de argentinos, el 61,85 por ciento del padrón.

¿Qué iba a decir Rucci esa noche? Entre otras cosas: “Sólo por ignorancia o por mala fe (…) se puede apelar a la violencia, a veces rayana en lo criminal, en un clima de amplias libertades e igualdad de posibilidades”.

Rucci era una especie de hijo dilecto de Perón desde el día en que ambos se conocieron, el 16 de abril de 1971 en la residencia del líder todavía exiliado, en el barrio de Puerta de Hierro, Madrid. “Fue el hijo que Perón no tuvo, el único al que vimos gastarle bromas, el único al que el General podía perdonarle todo, hasta algún dislate”, según citaron los periodistas Ricardo Carpena y Claudio Jacquelin en “El Intocable”, la biografía del entonces mandamás de la UOM, Lorenzo Miguel.

Juan Domingo Perón y José Ignacio Rucci.

Juan Domingo Perón y José Ignacio Rucci.

En aquel país podía pasar de todo. Las primeras sospechas sobre la autoría del crimen miraron a todos, menos a quienes admitieron esa misma noche ser sus autores: Montoneros.

La muerte de Rucci deshizo los planes de Perón de encarrilar un país que venía escorado y en descenso y que tenía tres patas: el propio Perón, la Confederación General Económica que dirigía José Ber Gelbard, que sería nombrado ministro de Economía, y la CGT en manos de Rucci, de una lealtad ciega a Perón.

El país de entonces se debatía entre la violencia y la crisis económica. Perón había regresado al país en noviembre de 1972; en marzo de 1973 su candidato, Héctor Cámpora, había triunfado en las elecciones cedidas por la dictadura de la Revolución Argentina, encarnada por el general Alejandro Lanusse, como paso obligado a la institucionalización del país; el propio Perón había barrido del poder a Cámpora por su identificación con la izquierda peronista y con Montoneros, la guerrilla que tres años atrás había irrumpido en la vida política argentina con el asesinato de Pedro Eugenio Aramburu; los embates de la guerrilla peronista tenían su contrapartida con los ataques de la guerrilla trotskista del Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP); Perón había retornado al país en forma definitiva el 20 de junio de 1973 y su avión debió aterrizar en Morón, porque Ezeiza era escenario de una batalla campal entre fracciones peronistas conocida como “La masacre de Ezeiza”.

En ese clima, sencillo de recordar pero imposible de reflejar, el arrasador triunfo de Perón y de su mujer, María Estela Martínez como vicepresidente, el país volvería a florecer. Esas, a 47 años vista, eran las esperanzas simples de aquella sociedad castigada y no, como pensaban los grupos guerrilleros, la revolución antiimperialista o marxista leninista. Como siempre que la Argentina estuvo a punto de salir de sus propias arenas movedizas, el “apriete”, el crimen y la violencia pudieron más. Aquel septiembre esperanzador estuvo teñido de sangre: a principios del mes, en un sangriento ataque, el ERP había intentado copar el Comando de Sanidad del Ejército, en Parque Patricios. Y apenas dos días después del triunfo electoral de Perón, su mano derecha en el mundo sindical yacía acribillado a balazos.

¿Quién mató a Rucci? La Justicia no pudo precisarlo en casi cinco décadas. En aquellos días de sangre, una siniestra humorada apuntaba al propio Perón como instigador del crimen: cuando le dieron la noticia del asesinato, citaba el chiste, Perón miraba su reloj y decía: “Cómo, ¿ya son las doce?”. Pero Perón no miró su reloj aquel mediodía. En cambio dijo “Me cortaron las piernas”. Desencajado, asistió al entierro de Rucci y de su propio proyecto político.

 Me cortaron las piernas

Perón, al enterarse del asesinato de su hijo dilecto

Montoneros tenía en la mira a Rucci, a quien le adjudicaba gran parte de la responsabilidad por los hechos de Ezeiza. Así se lo dijeron en un encuentro casi secreto a Lorenzo Miguel, que mantenía un duro enfrentamiento con Rucci, según Carpena y Jacquelin.

¿Había sido asesinado Rucci por una feroz interna gremial? ¿Podía haberlo matado el ERP, pese a su decisión política de no atentar contra dirigentes gremiales? El escritor y dirigente montonero Rodolfo Walsh pensaba que había sido la CIA. Otros, aseguraban que podía haber sido López Rega, que, decían los rumores, odiaba a Rucci.

La respuesta a ese, y otros, interrogantes, la dieron los autores del crimen. Esa misma noche, según revelaron varios testigos, Mario Firmenich dijo en la redacción de “El Descamisado”, “Fuimos nosotros”. La revista cambió su título “Provocación”, por otro más lineal y raso: “La muerte de Rucci”. El poeta Paco Urondo, ligado a la guerrilla marxista de FAR (Fuerzas Armadas Revolucionarias), admitió eufórico: “¡Lo hicimos!”, según reveló Ricardo Grassi en “El Descamisado – Periodismo sin aliento”.

En Casa de Gobierno, Gelbard, ligado al PC de la URSS y a la KGB, trató de calmar a un enfurecido Perón: le dijo que era una provocación, una pelea entre sindicalistas, mientras confesaba a su secretario privado y en referencia a Montoneros: “Los muchachos no pueden ser tan, pero tan estúpidos, tan infantiles”. Pocos días después, el jefe montonero Norberto Habegger le confirmó que sí, según reveló María Seoane en “El burgués maldito”, la biografía de Gelbard.

Montoneros y FAR habían empezado a tender lazos de unión el mismo día de la asunción de Cámpora, en mayo de ese año. Perón se moría. Lo sabía el viejo líder, sus íntimos, los dirigentes del PJ, la guerrilla, la oposición: todos, menos los millones que lo habían votado.

Montoneros aspiraba a heredar el movimiento peronista, y la unión con FAR le acercó, incluso le impuso en los debates previos a la fusión, su ideología marxista y su aparato militar. “FAR y Montoneros / son nuestros compañeros”, se cantaba entonces en las calles. La entente entre los dos grupos guerrilleros, hizo que Montoneros pusiera el foco de su lucha no ya, o no sólo ya, en el proclamado anti imperialismo, ni en la deseada revolución social: el nuevo enemigo era ahora la “burocracia sindical” de la que, decían, Rucci era un claro representante. “Los viejos peronistas recordamos a estos burócratas hoy ejecutados o condenados a muerte”, escribió Dardo Cabo en el editorial de “El Descamisado” editado tras el asesinato, el 2 de octubre de 1973.

¿Quién mató a Rucci? La Justicia no pudo precisarlo en casi cinco décadas. Foto Télam

¿Quién mató a Rucci? La Justicia no pudo precisarlo en casi cinco décadas. Foto Télam

La unión entre Montoneros y FAR fue anunciada el 12 de octubre de ese año, el mismo día de la asunción de Perón a su tercera presidencia: casi una declaración de guerra. Sin embargo, un mes antes de la fusión de los dos grupos guerrilleros y diez días antes del asesinato de Rucci, el 15 de septiembre, FAR elabora y hace público un “Aporte crítico al Documento de Base para la Reactualización de la Línea Político Militar” de Montoneros, reproducido por el historiador Roberto Baschetti en “Documentos (1970-1973) De la guerrilla peronista al gobierno popular”.

En ese documento, FAR plantea la necesidad de resolver la “contradicción principal”, en la que incluye la “eliminación de la burocracia traidora” a ser reemplazada por un “sindicalismo de liberación”.

El asesinato de Rucci marcó, también, el principio del fin de la relación entre Perón con Montoneros y el inicio del aislamiento del grupo guerrillero y de su posterior derrota política. Con los años, se abrió paso entre la niebla con la que se intentó ocultar los verdaderos motivos del asesinato de Rucci la real intención de Montoneros: “tirarle un cadáver sobre la mesa” a Perón para obligarlo a negociar y reforzar uno de sus medios fundamentales de lucha: la acción militar.

La conducción de Montoneros tuvo conciencia inmediata del gigantesco error político cometido en aquella mañana de hace 47 años. Y de sus consecuencias. Toda referencia a la responsabilidad de la guerrilla en el asesinato de Rucci fue borrada, lo que se había admitido con euforia el día del crimen, fue negado y desacreditado hasta impulsar la idea de que Montoneros se había hecho cargo de un crimen cometido por otros. Fue inútil. El enfrentamiento con Perón era un hecho y los días de la “juventud maravillosa” habían terminado para siempre.

Tres meses después del asesinato de Rucci, en Córdoba y en una “Charla de la Conducción Nacional ante las agrupaciones de los frentes”, reproducida por Baschetti en “Documentos 1973-1976 De Cámpora a la Ruptura”, Montoneros retrató la nueva relación con Perón con un argumento cargado de soberbia, desesperada, es verdad, pero soberbia al fin: “Posiblemente Perón nos vea a nosotros como infiltrados ideológicos, y la burocracia también nos vea como infiltrados ideológicos. Pero no lo somos. Somos el hijo legítimo del Movimiento, somos la consecuencia de la política de Perón. En todo caso, podríamos ser el “hijo ilegítimo” de Perón, el hijo que no quiso. Pero el hijo al fin”.

LP



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